Prometía ser un cotidiano viaje a la capital, levantarme temprano,
una buena ducha para despabilarme, un desayuno rápido en la cocina, café con
leche, tostadas con mantequilla y una torreja de jamón, unas pastillas para la
alergia, listo, estreno un nuevo look, o mejor dicho refloto un look de años atrás
cuando trabajaba en oficinas y me vestía con chaqueta, camisa de corbata y
zapatos de calle, la última mirada en el espejo para reflejar a ese tipo guapo
que soy yo mismo, con ese aire de ser dueño del mundo y de haber ganado muchos
trofeos, la mayoría de los cuales no están en mi galería sino que en el corazón
de algunos seres humanos que transitan aun por este mundo y otros que ya nos
han dejado, con el último vistazo en el espejo le digo a mi imagen "que
tengas un buen día", como quien se despide de su gran amor, a falta de un
beso apurado, de esos que rozan los labios de una pareja amada.
Con mi bolso en el
asiento del acompañante, pongo la llave en el contacto y enciendo el motor, el
panorama matutino era prometedor, un cielo despejado y azul, un sol en el
comienzo de su solitaria maratón por el firmamento ya había avanzado un cuarto
de cielo, mecánicamente apretó el control remoto para abrir el portón de
salida, hago las maniobras y el auto comienza a moverse y a tomar posición en
el trafico de la ciudad, pasar por la congestión buscando la ruta que me saque
de este puerto histórico. Nunca me ha gustado sobrepasar los cien kilómetros
por hora en carretera, por lo que anticipo los hechos para no andar apurado y
como el viaje es de aproximadamente de dos horas a mi destino, me dispongo a
disfrutar de los paisajes que me ofrece la ruta entre cuidad y ciudad, el reloj
del tablero me presiona y me grita que voy algo atrasado esta vez, por lo que
hundo el acelerador algo más de lo acostumbrado, el indicador de gasolina me
comenta que con el residuo que queda no alcanzare a llegar a mi destino, por lo
que me pongo atento a la ruta y logro llegar a la bencinera que me ofrece la
mejor relación de precios para este producto que cada vez resulta más oneroso,
la gasolina.
Curiosamente para
ser día de semana en la mañana había una demanda enorme de combustible, por lo
que me dispuse a esperar a que el bombero me atienda, en el intertanto, se
instala un camión tres cuartos en el otro lado de la góndola donde yo estaba,
se baja un tipo alto, tez morena, rudo en sus modales, una voz a mi derecha me
pregunta cuánto voy a cargar y de que octanaje, le digo lleno de noventa y
cinco, el camionero del lado saca el dispensador de petróleo de la maquina que
le correspondía, lo instala en la boca de su estanque de gasolina y aprieta la
manija, comienza la manguera su trabajo de surtir en el estanque de aquel
hombre alto. Después de esa maniobra, el tipo queda parado esperando que
se llene su estanque, claro que su posición y la mía me permitían ver por la
ventana de la puerta del acompañante de mi auto, toda su esbelta figura, su
rostro, camisa a rayas, abierta hasta el segundo botón, mangas largas
arremangadas sin ninguna pretensión, una correa negra con hebilla plateada que
sujeta unos jeans sacrificados por el trajín y el trabajo, sin hacer ningún
esfuerzo solo girando mi cabeza hacia la derecha mi vista quedaba en el ángulo
justo para ver la cremallera cerrada de esos jeans, sin siquiera imaginar que podrían
contener esos gastados vaqueros no tuve ningún pudor en pasear mi mirada desde
la entrepierna hasta el rosto del desconocido, gesto del que se debe haber
percatado pues en un instante que pareció una eternidad, el fijo sus ojos en
los míos ocupándose exageradamente de no mostrar ni una emoción, ni un gesto,
ni una mueca, solo me miraba con su faz inexpresiva sin acogida ni
rechazo....me venció y no pude sostener mi mirada sobre la suya, con un ademan imperceptible
comencé a girar mi cabeza hacia el frente, donde ya se aprontaba el bombero
para pasarme las llaves de mi estanque que ya se había llenado y me pide la
tarjeta para el pago, en el trámite de sacar la tarjeta de la billetera
y la billetera de mi chaqueta, insisto en buscar la mirada de mi
desconocido compañero de bomba, el intentando pasar lo mas desapercibido entre
el gentío de clientes y bomberos, hacia un disimulado movimiento para
poder pasear su mirada por el interior de mi auto, volvimos a cruzar miradas un
par de veces más, sentí que había acaparado su atención, pero los desagradables
eventos periféricos me decían que ya no tenía más que hacer en la bomba, por lo
que con toda la calma del mundo inserto la llave en el contacto, enciendo el
motor, dirijo mi mirada al frente y a la derecha, con el solo afán de volver a
engarzarme con su mirada y ver si me atrevía a mandarle una leve sonrisa, no se
pudo....cuando ya comenzaba a mover mi auto, debo detenerme pues un señor con
paso raudo viene en mi dirección casi como bloqueándome el camino.
Lo observo encaminarse
hacia mí, también traía jean, solo que de un par de tallas más arriba que los
que acababa de ver, una parka roja le cubría el torso hasta la cintura,
se veía un hombre macizo, grueso, algo más alto que yo, algo más joven también,
sujetaba con una manota una mochila que colgaba en su espalda, no pude dejar de
pensar en las tortugas ninja, solo para reírme un rato, porque la sorpresa
mayor fue que al momento de pasar por el lado del vehículo, se apoya en la
puerta que tenía el vidrio abajo por la atención con el bombero y asoma su
testa para preguntarme si viajaba a la capital, su voz, el color mate de su
rostro, el pelo de un rubio oscuro y lo más impactante unos ojazos verdes
hermoseados por una colección de largas y crespas pestañas. Convoco a
todos mis sentidos para alinearme en la situación que estaba ocurriendo y no
desteñir con una pachotada o un gesto brusco o de los otros...por lo que le
respondo que si viajo hacia donde el pregunta, que si promete no quedarse
dormido, aunque no hable, puedo llevarlo a su destino, el me cuenta que es un
camionero, que ha dejado su máquina en la entrada de la capital y debe ir a
buscarla, que me lo agradecería sobremanera y que "eres muy amable",
.... "eres muy amable", si supiera que significan esas palabras, si
supiera que para mí eso es una insinuación de aquellas, si supieras que él no
solo era muy amable sino que también deseable pues mientras le contestaba fije
mi mirada en sus labios húmedos y delineados al punto de tener que sujetarme
del manubrio para no abalanzarme e invitarlo a subir con un certero beso en
esos hermosos labios, solo atine a decir, "bueno sube, yo te
llevo"....retirando el bolso que estaba en el asiento que esperaba ocupara
mi improvisado acompañante, el, se pasea por enfrente para dirigirse al asiento
de mi lado, su paso seguro, su estampa ruda, un rostro que más bien era un
afiche de su belleza, el es un hombre hermoso. El se sube, yo arranco....
El auto a 100 mi corazón
a mil, bombeaba sangre a mi cerebro, a mis pulmones, a mis piernas, para bajar
la tensión o para subirla, no sé, le digo que tire su mochila hacia el asiento
trasero ya que la había dejado entre sus piernas y lo notaba algo incomodo,
mientras inserto un pendraba con una selección de músicas que creo nos haría
buena compañía en el viaje. Siempre he llevado gente que hace dedo en el
camino, no me da susto ni pienso malas cosas, si es de día, no tengo ningún
problema en compartir mi viaje con alguien que necesita un aventón, no exijo
que me hablen ni que me cuenten nada pues son compañías muy breves y los
temas de conversación son demasiado vánales como para gastarse metiendo bulla
que es inconducente por lo que generalmente ofrezco alguna buena música para
escuchar, si me preguntan algo respondo con monosílabos para cortar la incipiente
posible conversación, ellos necesitan trasladarse, yo puede hacer ese favor y
es de la forma que defino esa experiencia no pasa a mayores,...pero este no fue
el caso.
En la carretera y
con la independencia que caracteriza a la gente de mundo, mi acompañante
inesperado se largo a hablar; donde vivía,
nuevo en la zona, buscando oportunidades, viajado por extraños lugares del
mundo, sorprendido con las culturas que le toco compartir, japoneses, indios, etc.,
resumía su vida como un tobogán, con momentos de alta realización y
felicidad a ratos y con caídas dolorosas y duras en otros, mientras yo pensaba
que el creía que debía meterme bulla, como para recompensar mi amabilidad con
una "buena compañía", yo escuchaba, me sonreía con su forma algo
despectiva y asombrada de contar los pasajes de su vida, de sus relaciones con
amigos, con sus hijos, curiosamente no hablo de su mujer, solo la menciono, entendí
que era una mujer extranjera caribeña, no fue tema, mas tema fue su último
asado que debió compartir consigo mismo pues declaro haber terminado de perder
a un lote de amigos y amigas con el traslado y con otras situaciones similares
a las vividas por mí, por lo que de tanto en tanto debía asentir y complementar
la idea, también culpo a sus hijos que eran incapaces de desconectarse de
internet, de su mujer hablando con la hermana encerrada en la habitación, y el
solo consumiendo un asado que había imaginado familiar, solidaricé con él,
le conté algunos eventos similares y seguimos tratando de encontrar lugares
comunes para..No se... seria para ver nuestras similitudes, nuestros puntos de
contacto, que se yo...era una conversación animada, divertida, distendida,
adulta, masculina.
Habrían pasado
algo más de media ruta y mi compañero me hacía sentir muy cómodo, agradado, me
contaba cosas divertidas, me escuchaba, ponía atención a lo que decía...
....yo seguía
conduciendo el vehículo que nos trasladaba inevitablemente al fin de la ruta y
de la animada conversación, con los ojos puestos en la carretera, de tanto en
tanto, con la excusa en el gesto de mirar por el retrovisor derecho paseaba mi
mirada por la anatomía de hasta ese momento, mi camionero acompañante, como
poder evitar mirar ese par de piernas cubiertas por esos gastados pantalones,
sus grandes manos descansando en sus muslos, su perfil, una nariz perfecta, con
pequeños orificios nasales, el color de su piel, el tono de su voz, y a cada
tanto se me detenía la respiración cuando giraba su cabeza y podía mirar en el
fondo de las lagunas de sus verdes ojos. El hablaba y hablaba, me contaba
eventos de su vida, a ratos yo intervenía para contarle haber pasado por algo
parecido, no me hizo ninguna pregunta personal ni directa, excepto mi ocupación,
y otros datos que agregue sin que me los consultara.
Se nos acababa la
ruta, llegábamos a destino, tendría que bajarse y despedirnos, decir
decididamente que había sido un gusto y hasta nunca, casi instintivamente baje
la velocidad, quería prolongar su compañía, su conversación, sentía que él
estaba cómodo, me comentaba sobre la música que escuchaba, le gusto, me confesó
deleitarse con los sones de "Carmina Burana", eso me sorprendió
sobremanera, como cuando me conto su afición por la cocina, hasta la receta de
un pollo tailandés me describió, también sintió la cercanía de su destino y se atrevió
a decir que sería una buena idea desafiarnos en una competencia gastronómica
donde el prepararía un platillo y yo otro, yo le agregue un vino y mas música,
fue entonces cuando se atrevió a pedir mi numero telefónico, se lo di, lo marco
y se aseguro que mi teléfono sonara para decirme, "ya tienes el mío".
Me pidió detener
el auto, rozo mi hombro cuando se volteo a recoger su mochila, me aferre al
manubrio para impedir que mis brazos se abalanzaran a su anatomía, había
viajado todo el trayecto imaginando el sabor de sus labios, detenido el auto,
se gira hacia mí, vuelve a enfocar sus ojos turquesa hacia mí y me agradece el
favor, me dice que cree que soy una buena persona y me extiende su mano, la
miro, levanto la vista y lo miro al rostro, le entrego mi mano y se la atrapo
con la otra, su mano atrapada en mis manos, debió haber sido una vida, una
eternidad, pero solo fueron unos segundos de contacto físico y por mi parte también
espiritual.
Lo vi defender, me
dio la espalda, abrió la puerta, saco una de sus piernas que poso en la
calzada, luego se incorporo, cerró la puerta, yo trate de ocuparme en cualquier
acto que no fuera abandonarlo, lo vi pasar por detrás del vehículo, atravesar
corriendo al otro extremo de la calzada y perderse en el enjambre de camiones y
tráileres que habían en la vereda opuesta a la mía, con un gesto mecánico me
incorporo a la carretera, ante mis ojos se acerca la gran ciudad, siento que me
traga, me tragan los edificios, el trafico, como tantas y tantas veces en mis
viajes a la capital, solo que esta vez entre a la selva de cemento con algo así
como un gozo en el alma, con una inusitada alegría, con ganas, con
esperanza....pensaba en cómo se puede dejar una huella sin hacer ninguna marca,
creo que él lo hizo y me perdí en las calles de Santiago.